domingo, 25 de mayo de 2014

Dónde queda el Primer Mundo?


A medida que las crisis económicas y la desprotección estatal van minando la calidad de vida de los países hasta ahora considerados desarrollados, la equidad, la tolerancia a la diversidad, la felicidad, la estabilidad política y una educación de calidad colocan en los primeros lugares del listado de naciones modelo a Nueva Zelanda, Canadá, Noruega, Finlandia y Australia. Retrato de un planeta en el que el norte parece estar por todas partes. Por Hinde Pomeraniec  | Para LA NACION

Mafalda está en su cama, bajo las frazadas. No parece tener ánimo para levantarse. Entonces, lanza su discurso al aire: "Buen día, ¿qué mundo tenemos hoy: el primero, el segundo o el tercero? No, esperen. Mejor vayan a echar un vistazo, y si hay libertad, justicia y esas cosas, me despiertan, sea el número de mundo que sea, ¿estamos?". Al igual que Mafalda hace más de cuarenta años, la mayoría de las personas nos preguntamos dónde queda ese lugar en el mundo en donde las cosas funcionan y la gente vive feliz, en un marco de equidad y justicia. En donde las oportunidades florecen y sus habitantes, más allá de sus ideas, tiran para un mismo lado y logran transformar esa cohesión social en crecimiento económico. En donde la educación y la salud son bienes esenciales y las minorías son respetadas. Y en donde el Estado es ese árbitro que asegura la equidad y los derechos de todos, y para eso regula, pero sin avasallar la intimidad ni vulnerar las libertades individuales.

A lo largo de la historia, ese mundo feliz o ideal tuvo diversos referentes. En el momento en que Mafalda no podía salir de la cama, la Guerra Fría promovía los conceptos de Primer Mundo y Tercer Mundo. A casi 25 años de la caída del Muro de Berlín, esos conceptos están desgastados y el modelo al que miran todos ya no es el mismo. El fundamentalismo capitalista también tuvo su caída del Muro con la crisis financiera y económica iniciada en 2008 y cuando se piensa en desarrollo, las aspiraciones y los índices ahora señalan hacia Canadá, Nueva Zelanda o algunos países del norte de Europa, como Finlandia o Noruega, que publicaciones como The Economist ya llaman "el próximo supermodelo". Es más, por estos días, Estados Unidos ya no parece ser modelo ni siquiera para los propios norteamericanos, quienes atraviesan una etapa de reflexión sombría acerca de sus deudas internas y de lo que muchos califican ya como "escandalosa inequidad".

"El fin de la Guerra Fría y el aceleramiento de los procesos globales de los 90 borraron un montón de fronteras convencionales y divisiones clásicas como Este-Oeste, Primero y Tercer Mundo y muchas categorías dejaron de tener sentido. Hoy, hay otro modo de aproximarse a lo que se considera un mejor modo de vida en algunos pocos países que siguen reuniendo condiciones del viejo Estado de bienestar", explica Juan Gabriel Tokatlian, director del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Di Tella. "Países que eran grandes referentes, como Holanda, Francia, Italia o Gran Bretaña, se han ido desdibujando; sus Estados de bienestar fueron desmantelados en los últimos años como producto de las graves crisis. Hay menos Estado y graves problemas en salud y educación. Sólo quedan pequeños nichos en el mundo nórdico, fundamentalmente Noruega y Finlandia."

Para el sociólogo Gabriel Puricelli, del Laboratorio de Políticas Públicas (LPP), ese paradigma del Estado de bienestar y respeto por las libertades individuales que viene crujiendo en tantos países y aparece ahora tan valorado "le debe mucho al consenso socialdemócrata de los años de la posguerra. Se perfeccionó con los movimientos sociales, lo que lo llevó a construir un paradigma más contemporáneo, pero no puede explicarse sin aquel consenso social que nació luego de la Segunda Guerra". 

"No somos los número 1"

 Hace algunas semanas, el columnista de The New York Times Nicolas Kristof lagrimeaba ante la evidencia. "No somos los N° 1", se llamaba su nota, en la que daba cuenta de que las cosas no son como en los tiempos en que su país era visto, fronteras adentro y afuera, como el más rico, poderoso y bendecido de la tierra. Kristof repasaba los datos que arrojó un exhaustivo relevamiento conocido como Social Progress Index, un estudio (curiosamente dirigido por un republicano) de 132 países, similar a los que hace Naciones Unidas en materia de necesidades básicas, bienestar y oportunidades, y que incluye instancias como acceso a la salud, la vivienda y la educación, como también seguridad personal y respeto por los derechos humanos y el medio ambiente ( http://www.socialprogressimperative.org/data/spi ).

En ese estudio, Estados Unidos se ubica en el puesto 16, ya sorprendente de por sí, pero en algunos ítems como salud queda relegado al 70, al 31 en seguridad y al 39 en educación básica. Las cifras son contundentes: el puesto en el rubro comunicaciones es el 23: sí, señor, en el país de Silicon Valley, uno de cada cinco estadounidenses no tiene acceso a Internet. Nueva Zelanda, Suiza, Islandia y Holanda ocupan los primeros puestos del Social Progress Index. Noruega ocupa el quinto y le siguen Suecia, Canadá, Finlandia y Dinamarca. La Argentina está en el puesto 58. Estas cifras coinciden con lo que puede leerse en los medios mainstream de países desarrollados en crisis, en los que abundan historias sobre la riqueza petrolera y la austeridad noruega, la salida de Islandia del abismo financiero, las notables escuelas finlandesas y la igualdad de género en Suecia. Junto con el ascenso de estos nuevos "milagros", está el abrumado lamento de los ángeles caídos del mapa ideal.

"En Estados Unidos hoy hay 46 millones de pobres: más de una Argentina de pobres adentro; los indicadores son malos, la brecha entre ricos y pobres se está ensanchando", detalla Federico Merke, profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de San Andrés, quien entiende también que el concepto de Primer Mundo está "desdibujado" y prefiere pensar esas categorías como "relacionales", es decir, un país puede ser Primer Mundo en relación con otro y así también un país primermundista supuestamente puede albergar un Tercer Mundo, algo que se hizo explícito en 2005 durante la catástrofe del huracán Katrina, cuando los estados más pobres del sur de Estados Unidos quedaron a la deriva ante las escandalizadas cámaras de televisión, que transmitían imágenes más propias de Ruanda que de la primera potencia mundial. Por estos días, abundan las malas noticias para los estadounidenses, ya que una investigación determinó que la clase media norteamericana ya no es la más rica en el mundo, sino que se ve superada por la canadiense y también por la de algunos países europeos, pese a que los estadounidenses trabajan en promedio varias horas más por semana. Canadá, precisamente, es uno de los países con mejores registros de desarrollo humano y aparece con frecuencia en el imaginario de los que sueñan con vivir en un país previsible en su oferta de bienestar y pensado para todos. Todavía resuenan las palabras del ex embajador de Canadá Yves Gagnon, cuando en su discurso de despedida se mostró orgulloso por el hecho de que los medios se ocupan poco de su país. Como ejemplo, citó que durante los años de su estadía en la Argentina, en Canadá habían caído tres gobiernos y, sin embargo, nada de eso había sido noticia en los diarios.

El sueño americano implosiona con datos obscenos. Mientras el presidente Obama no consigue apoyo para poder financiar la universalidad del prejardín de infantes, el 1% más alto de la pirámide gana más que todo el resto y ya lo empiezan a ver con malos ojos incluso los propios impulsores de la meritocracia. El Nobel Joseph Stiglitz colabora derribando mitos al señalar en sus discursos que no sólo la inequidad va en aumento, sino que incluso la igualdad de oportunidades -el mayor de los valores para esa sociedad- no es una realidad en Estados Unidos.  

Regreso al centro

El economista y escritor chileno Sebastián Edwards tiene la experiencia para intentar una disección de los problemas que hoy enfrenta ese país, ya que vive allí hace muchos años. Cuando habla de desarrollo, Edwards prefiere la categoría de "modernidad" en lugar de Primer Mundo. "Estados Unidos es un país capitalista y moderno, lleno de contradicciones, con un enorme respeto por los individuos y las minorías y con un nivel creciente de desigualdad? una contradicción total", dice. "Entre las cosas buenas: tiene un presidente negro, una latina de origen pobre en la Corte Suprema, un negro también de origen pobre en la Corte, las mejores universidades del mundo y enorme respeto por la libertad de prensa. Cosas malas: un montón de pobres, una distribución del ingreso que empeora, fanatismo religioso en muchos estados, invasión de países sin razón... De todos modos, lo importante es que los excesos en Estados Unidos tienden a corregirse y el país vuelve al centro moral y político. Sucedió con Roosevelt (con los dos), con Kennedy y Johnson, con Clinton. Mira a Thomas Piketty: su libro había pasado sin pena ni gloria en Francia... aquí se transformó en una superestrella y va a tener una influencia colosal. Nada de esto pasa en Francia, donde no hay ni negros ni magrebíes en la Corte Suprema y apenas si los hay en el Parlamento."

La inequidad es el signo de los tiempos o al menos es el tema sobre el cual gira la preocupación de políticos e intelectuales. En el caso de Europa, señala Tokatlian, la desigualdad en términos del ingreso es la mayor desde los años 70. "La India y China resolvieron muchísimo para millones de habitantes, pero siguen siendo dos sociedades profundamente inequitativas. América latina sigue siendo la región más desigual", explica y trata de encontrar la llave del éxito de países como Noruega y Finlandia. "Demográficamente pequeños, el secreto parece residir en que la brecha entre ricos y pobres allí es mucho menor, hay gran cohesión social y aparecen como arcas de Noé en donde todos se sienten parte de un proyecto", sintetiza. Interesante resulta la mirada de un sociólogo argentino radicado en Noruega. "Los países escandinavos tienen altos niveles de educación y desarrollo humano. Sin embargo, esos niveles no son muy distintos de los de las clases medias urbanas latinoamericanas", asegura Fabián Mosenson, docente de la Universidad de Oslo. Y agrega: "Si el nivel de educación se mide en graduados por habitantes, van primeros. Pero lo que se conoce menos es el contenido de esa formación. Y, en ese sentido, en humanidades, el típico producto de la cafetería de Puan o de Marcelo T. de Alvear no tiene mucho que envidiar a un graduado de la Universidad de Oslo o la de Estocolmo. Sí son más envidiables las instalaciones y los recursos financieros y económicos públicos".

Mosenson habla de lo público, y ahí aparecen entonces otros conceptos clave, el de Estado y el de la equidad. "Lo que todos pueden apreciar, sobre todo los que venimos de países como los nuestros, es la enorme diferencia de la relación del Estado con los ciudadanos y de la percepción que los ciudadanos tienen del Estado. No hay favores ni conocidos ni amigos para acelerar un trámite. En las cárceles, a los internos se los considera seres humanos y así son tratados. Los medios de transporte funcionan. La frase del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro -«Un país desarrollado no es un lugar donde los pobres tienen coches, sino uno donde los ricos usan transporte público»- es rigurosamente cierta. Al mismo tiempo, las clases acomodadas hacen muchas más tareas domésticas que sus pares latinoamericanos. No es raro encontrarse con el ministro de Economía haciendo las compras. Tampoco está bien visto contratar personal doméstico." El sociólogo es bastante crítico en relación con la mirada que asegura que los países nórdicos son ejemplos de armonía e integración social. "Salvo Canadá o Nueva Zelanda, el resto de los países que «ranquean» alto en los índices de desarrollo humano fueron sociedades de emigración", explica. "Hay casi cinco millones de descendientes de noruegos en Estados Unidos, casi la misma población que Noruega tiene hoy. Esto significa que los que se quedaron son tal vez los menos aventureros. Con esto se construye una sociedad homogénea y conservadora. Lo positivo es el alto grado de integración social. Pero también puede ser problemático: no hay demasiada ductilidad para lidiar con la diferencia, y por eso se puede observar una tendencia a la guetificación en barrios «étnicos» y educación semisegregada", concluye.

Nos lo decimos hace mucho, pero insistimos: aunque no existe el mundo ideal, el deseo siempre va detrás de lo que falta. En general, las cifras indican que la pobreza mundial se reduce, pero, sin embargo, ahora que todo lo vemos, pareciera que cada vez hay más pobres cuando lo que hay es cada vez mayores diferencias entre los que más y menos tienen. Mientras los índices que miden la felicidad ubican a países no desarrollados entre los que lideran el ranking, las embajadas más visitadas en todo el mundo por personas que buscan emigrar de una mala realidad económica en sus países de origen son otras, en general, siempre los mismas. Y es que ahí se va en busca de trabajo más que de sonrisas. Es Merke quien recuerda la "paradoja de Easterlin", el economista norteamericano cuyo discutido hallazgo fue que no existe relación lineal entre mayores ingresos y la felicidad: "La gente se acostumbra a lo que tiene; quien gana la lotería, en diez años se acostumbró y ya es otra cosa", explica.

Quien sube un escalón quiere subir otro. Es aquel concepto del teórico italiano Norberto Bobbio, el "mínimo civilizatorio", lo que se pone en juego, aquel reclamo que hacen los ciudadanos a las instituciones bajo el imperio de sus necesidades, que, naturalmente, van cambiando. Y están las secretas aspiraciones que siempre impone el deseo ante lo que nos falta. Por ejemplo, el dinero. Por ejemplo, la ilusión... 

domingo, 23 de febrero de 2014

Rusia, de la guerra fría a la economía de mercado

Por Jeffrey D. Sachs. Los Juegos Olímpicos de invierno que se celebran en Sochi son los primeros organizados por Rusia desde los Juegos Olímpicos realizados en Moscú, en 1980, en la época de la Guerra Fría. Desde ese tiempo, mucho cambió políticamente, pero los Juegos actuales son una oportunidad para volver sobre Rusia. Muchos que recuerdan el desplome de la Unión Soviética en 1991 y sus tumultuosas consecuencias creen que la economía rusa debe de estar empobrecida e inestable... y muy retrasada respecto de la China en auge. Se equivocan. Según el Fondo Monetario Internacional, la renta por habitante en 2013, calculada en paridad de poder adquisitivo, asciende, a US$ 18.600, casi el doble de la de China, y, según los datos del Banco Mundial, la pobreza extrema es cercana a cero, frente al 11,8% de China en 2009 (el año más reciente sobre el que se dispone de datos). La economía de Rusia tiene impulso no sólo por unas políticas macroeconómicas racionales, sino también por unos precios altos del petróleo y del gas. El desplome de los precios del petróleo después de 1985 contribuyó a la grave crisis económica en la Unión Soviética y en Rusia al final de los 80. Se trata de un dato importante, ya que las reformas económicas aplicadas por el ex presidente de la Unión Soviética Mijail Gorbachov y el ex presidente de Rusia Boris Yeltsin afrontaron fuertes vientos de cara. Durante dos años (1992-1993), yo fui asesor del primer ministro Yegor Gaidar para ayudar a acabar con la inflación elevada e iniciar su transición a una economía de mercado. Recomendé una estrategia de estabilización macroeconómica (ya había dado resultado en Polonia), que requería la asistencia financiera de Estados Unidos, Europa y el FMI, como la que había recibido Polonia. Occidente no prestó la asistencia financiera necesaria y el consiguiente desastre económico y financiero fue más grave. Entonces atribuí la inacción a la incompetencia del gobierno de Estados Unidos y del FMI. Hubo también una estrategia deliberada por parte de los neoconservadores estadounidenses, como el entonces secretario de Defensa Dick Cheney, para debilitar al nuevo Estado ruso. El gobierno americano fue también cómplice a mediados de los 90 en el saqueo de la propiedad estatal rusa, incluidos los activos petroleros que se privatizaban sin escrúpulos. Lo bueno es que Rusia se recuperó de la terrible situación. La economía de mercado, pese a la corrupción, arraigó. Después de varios años de luchas políticas y retrasos innecesarios, se estabilizó la macroeconomía y se restableció el crecimiento económico, sobre todo porque los precios del petróleo y del gas empezaron a subir. De 2001 a 2003, el PBI de Rusia creció a una tasa media del 4,4% anual. Rusia logró una estabilidad financiera. El FMI ha situado su inflación de 2013 en 6,9%, con un desempleo de 5,5%, mientras que el déficit presupuestario fue de 0,3% del PBI. Además, las reservas de divisas llegan a 500.000 millones de dólares. Pero Rusia podría alcanzar un éxito mayor basando su economía en dos motores de crecimiento, en lugar de uno. El petróleo y el gas seguirán impulsando en los próximos años, sobre todo, cuando China pase a ser un cliente importante. Pero Rusia tiene un enorme y aún subdesarrollado potencial en muchas industrias mundiales de tecnología compleja. Diversidad industrial Durante la era soviética, fabricó una gran diversidad de productos industriales basados en la tecnología, desde aeroplanos hasta computadoras. A diferencia de la industria china, las ramas manufactureras de Rusia estuvieron casi completamente excluidas de los mercados mundiales por la Guerra Fría y la planificación soviética. Cuando la Rusia postsoviética se abrió al comercio, sus empresas industriales iban muy a la zaga de las tecnologías de vanguardia. Rusia tiene los conocimientos técnicos, una ingeniería competente y una base de recursos naturales para llegar a ser una competidora mundial en una diversidad de importantes industrias de tecnología. Pero, para lograr un crecimiento a largo plazo encabezado por las industrias de tecnología compleja, hace falta una atmósfera de negocios que fomente la inversión del sector privado, incluida la apertura a los participantes extranjeros. Allá por 1991, muchos pensaban que Rusia no podría acabar con la inflación, adoptar una economía de mercado ni competir en los mercados mundiales. Dos decenios después, demostró que los escépticos se equivocaban. La tendencia es positiva: Rusia es una economía de mercado estable, con altos ingresos, con una sólida perspectiva de crecimiento y con avances en materia de tecnología en los próximos años. Eso sí, si aplica una estrategia económica sensata. El autor es profesor de la Univ. de Columbia.

domingo, 20 de octubre de 2013

Brasil ya empieza a pensar en su era "pospetróleo"

Hace seis años, Brasil descubrió en aguas profundas de su plataforma continental reservas de petróleo suficientes para convertirse en una potencia exportadora de crudo. Mañana, el gobierno de Dilma Rousseff realizará la primera subasta de contratos de explotación de esos recursos de la llamada capa presal, y, tras haber reformado sus leyes, destinará la mayor parte de esas ganancias a educación, para asegurar que la bonanza energética presente prepare al país para un futuro sin petróleo.
"Ningún país desarrollado ha llegado a serlo sin invertir en educación. Por eso hemos decidido darle prioridad absoluta. Es un compromiso con las futuras generaciones, hay que preparar la sociedad del conocimiento para el Brasil pos-petróleo", señaló a LA NACION el ministro de Educación, Aloízio Mercadante.
Desde que asumió en 2011, la presidenta Rousseff envió al Congreso dos veces el proyecto para dedicar la totalidad de los nuevos royalties petroleros a educación, pero por intereses políticos de corto plazo no consiguió que se aceptara. Sin embargo, tras las masivas protestas que en junio sacudieron al país en reclamo de mejores servicios públicos, logró convencer a los legisladores; finalmente aprobaron una ley que destinará el 75% para educación y el 25% para salud.
"Brasil no quiere repetir errores conocidos, como la llamada «enfermedad holandesa», que por los grandes volúmenes de petróleo se aprecie la moneda, se pierda competitividad en el sector manufacturero y se termine convirtiendo en una economía parasitaria que vive predominantemente de los recursos petroleros", apuntó Mercadante, uno de los hombres de mayor confianza de la mandataria.
Según él, los índices de desarrollo humano de los principales países productores y exportadores de petróleo -salvo Estados Unidos, Canadá y Noruega- son muy bajos, con una concentración de renta muy grande y no siempre se consiguió asociar el petróleo a un proyecto de desarrollo más integrado.
"Como Brasil ya está consolidándose como sexta economía mundial, ya tiene un parque industrial diversificado, es el tercer mayor productor y exportador de alimentos del mundo, tiene que saber utilizar la riqueza petrolera de manera estratégica", explicó el funcionario.
Las ganancias petroleras serán usadas para garantizar una educación integral de calidad, que hoy es una de las grandes deficiencias de Brasil; desde el preescolar hasta la posgraduación. Se invertirá en la alfabetización desde edad temprana, en instalaciones, en la promoción de la enseñanza técnica y profesional, y, además, en la capacitación docente y en la remuneración de los maestros, que hoy tienen un piso salarial de apenas 718 dólares.
"Los royalties petroleros también deben ser canalizados para la formación, valorización y mejoría de los salarios de los maestros y profesores brasileños. Es cierto que un país rico es un país sin pobreza, pero un país sólo será plenamente desarrollado cuando tenga una educación universal de calidad", resaltó Mercadante.
Entre las iniciativas que ya se están llevando adelante se encuentran ampliar la educación obligatoria de 4 a 17 años (hoy es de 6 a 17 años), y lograr que las 200.000 escuelas del país tengan jornada de tiempo completo (siete horas), reforzando la enseñanza de portugués, matemáticas, ciencias y un idioma extranjero (inglés o español).
En la enseñanza secundaria, se buscará que los alumnos tengan acceso a métodos pedagógicos más modernos y se aumentará la capacitación técnica profesional. Se incrementará el número de becas para estudios superiores a través del programa ProUni (hoy 1,2 millones para personas de bajos recursos), y se dará un mayor impulso a los estudios de posgraduación en investigación en áreas de tecnología e innovación (hoy el programa Ciencia Sin Fronteras tiene 53.000 becarios, los mejores estudiantes brasileños que van a las mejores universidades del mundo, y la meta es que haya 100.000 becarios).
"El gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva estuvo marcado por fuertes políticas de inclusión social, que comenzaron a cambiar también el acceso a la educación. Ahora se puso el acento en la ciencia, la tecnología y la innovación. El gobierno de Dilma pasará a la historia como el que más aumentó la inversión en educación y que colocó la educación como una prioridad. Con la aparición de las reservas petroleras del presal se creó una fuente de financiamiento nueva que significará una gran herencia para las generaciones futuras", subrayó el ministro.

domingo, 7 de julio de 2013

La clase media lidera ahora la política mundial

Por Jorge Castroa protesta social. Masivas demostraciones en Brasil /REUTERS
No son los pobres de Brasil los que se han movilizado en las ciudades de todo el país en las últimas tres semanas, sino el nuevo protagonista de la política mundial en la segunda década del siglo XXI, que es la clase media, guiada por sus sectores más jóvenes, hondamente conectados entre sí y con el sistema global a través del cruce de Internet y telefonía móvil (redes sociales).
El ingreso real per cápita de Brasil es U$S 12.000 anuales; hay pleno empleo (5,6% de desocupación); y el consumo individual crece 8% por año, en tanto el PBI es el 6° del mundo (U$S 2,2 billones), mayor que el de Gran Bretaña, superior al de India. También, y en los últimos 10 años, por primera vez en la historia brasileña, un período de alto crecimiento económico ha coincidido con una disminución de la desigualdad social, no con su exacerbación, como había ocurrido indefectiblemente en los 60 años previos, a partir del gobierno de Juscelino Kubitschek (1956-1961).

La brecha social en Brasil tiende a reducirse, no a incrementarse.
La crisis orgánica (económica y política) desatada a partir del 19 de junio tiende a transformarse en crisis de régimen en los últimos 10 días, debido al desconcierto generalizado y notorio de los órganos del Estado, que se traduce en una parálisis creciente de las decisiones políticas. El resultado de esta profundización de la crisis es que comienzan a sumarse a las movilizaciones de la clase media actores sociales ajenos al tronco central del nuevo proceso histórico: todas las centrales sindicales, incluyendo la del PT, han convocado para el 11 de julio a paros y movilizaciones de alcance nacional; y los propietarios de camiones — gremio extremadamente poderoso en Brasil — han cortado las rutas y los caminos de acceso a las capitales en seis de los principales estados, incluyendo San Pablo y su puerto Santos.

Los acontecimientos de Brasil, convertido en uno de los países más relevantes del nuevo mapa geopolítico mundial, tienen un significado extraordinariamente positivo. Lo que sucede allí es un punto de inflexión de su historia, de alcance global. El contexto estructural es el de la aparición y despliegue de un nuevo mecanismo global de acumulación, surgido tras culminar la globalización, debido a la integración y alianza estratégica entre China y EE.UU.
Lo decisivo en él no es ni el capital ni el trabajo, sino el conocimiento, transformado en “inteligencia colectiva”, producto de la fusión entre cultura y razón técnica. El sistema que emerge es superintensivo (boom de productividad) e hiperconectado (80% de la población mundial integra la infraestructura creada por el cruce de telecomunicaciones e Internet); y los acontecimientos se aceleran, a punto de que la utopía desaparece, fundamentalmente porque se realiza.

La clase media global encarna la “inteligencia colectiva” del nuevo mecanismo de acumulación.
El sistema se transforma en un dínamo exponencialmente cargado de energía, donde lo potencial se funde con lo actual; y que encuentra en la Tierra -unidad espacial y de sentido- finalmente su hogar. Los miles de millones de personas que se incorporan a la clase media en los próximos 20 años (serían 4.900 millones en 2030 sobre una población mundial de 8.100 millones entonces) adquieren poderes individuales notablemente vigorosos, capaces de desatar y llevar al triunfo procesos insurreccionales frente a todas las expresiones del statu-quo.

Esta clase media, sobre todo en sus sectores más jóvenes, tiene una identidad inmediatamente global. Emerge una ciudadanía planetaria, cuyo protagonismo se basa en una redistribución sin precedentes de las decisiones de arriba hacia abajo, de los gobernantes a los gobernados. Se cumple la premisa de Tocqueville sobre el carácter incontenible de la democratización en el mundo. Las calles de Brasil se han convertido en las últimas tres semanas en un laboratorio que adelanta la hora mundial.

jueves, 13 de junio de 2013

China apunta a crecer con la iniciativa privada

Emilio J. Cárdenas Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
 Las cosas cambian. Con frecuencia. También en la milagrosa China, ya la segunda economía del mundo. Esto es evidente si advertimos que el nuevo gobierno chino acaba de anunciar que, de ahora en más, procurará seguir creciendo fuertemente, pero con una mayor participación del capital privado y mediante una ampliación de los sectores en los que florecerá la creatividad propia de la economía de mercado.
Esto supone competir abiertamente con todos en el mundo globalizado. Todo un cambio radical de orientación. Así lo ha confirmado expresamente, Li Keqiang, el nuevo primer ministro, parte del liderazgo que desde marzo pasado empuña el timón de China.
En sus propias palabras: “El mercado es el creador de la riqueza social y el trampolín del crecimiento auto-sostenido”. Por ello mencionó la necesidad de des-regular la gigantesca economía y disminuir el rol y la presencia directa del Estado en el ámbito del quehacer económico.
En momentos en que la economía del gigante asiático se ha desacelerado por la caída de las exportaciones al Viejo Mundo y a los Estados Unidos, sumada al evidente aumento de los costos laborales, a la disminución de la fuerza laboral que es consecuencia del envejecimiento general de la población, y a la apreciación de la moneda local.
Para ello ya se han dictado una serie de parámetros generales de política económica, con los que se delegará en el mercado y en la competencia muchas decisiones en materia de prioridad de inversiones y formación de los precios.
Para un país acostumbrado al dirigismo, esto es toda una sorpresa y ciertamente un desafiante cambio de dirección que, no obstante, previsiblemente encontrará las resistencias clásicas derivadas de los intereses creados y de los titulares de privilegios, así como de quienes operan en un ambiente de alta corrupción.
Las propuestas recientemente anunciadas incluyen aumentar los impuestos a los recursos naturales; avanzar gradualmente hacia la determinación de las tasas de interés a través del mercado; y permitir el ingreso paulatino del capital privado, nacional y extranjero, a algunos sectores importantes de la economía, tales como: el financiero, el energético, el ferroviario, el de las comunicaciones y eventualmente otros como la logística y los servicios en el área de la salud.
No se conoce aún cuales serán el camino crítico y los tiempos que se anticipan para poder alcanzar estos objetivos en particular.
Además, las directivas anticipan que habrán de relajarse, paso a paso, los controles de cambios y que será finalmente el propio mercado el que defina cual habrá de ser el valor real del ‘renminbi’, lo que, por lo demás, ya ha encontrado eco en algunos anuncios genéricos en la misma dirección que han sido formulados por el Banco de China.
Lo mismo que los ríos, los caminos de las naciones son, al propio tiempo, el resultado de los cambios que se van produciendo, sumado a la permanencia de algunas de las instituciones centrales de cada sociedad.

domingo, 3 de marzo de 2013

Brasil-China, nuevo eje del comercio global


Por Jorge Castro. 03-03-2013
China es el principal socio comercial de Brasil desde 2008 y representa 18% del total de las exportaciones brasileñas. Las ventas externas de Brasil crecen 8% por año, encabezadas por las materias primas, que se expanden 12% anual y se dirigen prácticamente en su totalidad (79%) a la República Popular. Este nivel de incremento implica que el mercado chino abarcaría 30% de las exportaciones brasileñas en 2030 (eran 2% en 2000).
A su vez, las exportaciones chinas crecen 15% por año, pero las que se dirigen a Brasil trepan el doble.
Por eso, el comercio bilateral aumenta tres veces más que el promedio global (56% vs. 17% en 2007) y constituye el principal corredor de las transacciones internacionales en la segunda década del siglo XXI. El boom exportador chino es acompañado, en un segundo plano, por India y Vietnam, pero con dos particularidades. Las exportaciones indias y vietnamitas son esencialmente intra-asiáticas y contienen sobre todo bienes trabajo-intensivos (textiles, indumentaria), debido al traslado creciente de esos sectores fuera de China.
La razón de este éxodo es que el costo laboral ha aumentado sistemáticamente en los últimos 4 años en la República Popular, al tiempo que se ha elevado el aspecto capital-intensivo de sus exportaciones. La maquinaria industrial y la alta tecnología es hoy 30% de sus ventas externas y serían 40% en 2020.
China crece ahora a través de la demanda doméstica y esto favorece a los exportadores de materias primas. Hoy, la República Popular es la principal socia comercial de 144 países en el mundo.
La región más favorecida es América del Sur, convertida en la gran plataforma de exportación de commodities (Brasil, Argentina, Chile, Perú, en primer lugar).
Los países emergentes crecen tres veces más rápido que los avanzados (6,5% anual vs. 2,5% de EE.UU. y 1,3% de la Zona Euro) y su auge se debe fundamentalmente al gran crecimiento de la nueva clase media. Este sector estaría constituido por 2.000 millones de personas en 2020 (cuatro veces más que en 2010) y su expansión es sinónimo de urbanización (abarcará a 61% de la población asiática al concluir la década).
Esta tendencia responde a la siguiente ecuación: China/Asia fue la fábrica industrial del mundo entre 2000 y 2010, y se convierte ahora en el mayor mercado mundial de consumo (era 14% del total global en 2010 y sería 25% en 2020 y 40% diez años después).
En la acumulación capitalista hay un vínculo directo entre producción y circulación (comercio, realización, venta), al punto de que ambas constituyen un solo fenómeno. En la medida en que la primera crece, la segunda se expande 3 y 4 veces más.
Esto significa que la producción capitalista se orienta siempre por necesidad al mercado mundial. Es una tendencia inherente del capitalismo propagar el capital a escala global; y al hacerlo, eleva necesariamente el nivel de consumo y producción en las otras partes del globo.
De ahí que el comercio internacional no sea una dimensión sobrepuesta a la producción nacional, sino el momento esencialmente universal de la producción misma. En los últimos 20 años, esta lógica se manifestó en los siguientes términos.
La economía mundial exportaba 17% de su producción en 1980, y en 2008 alcanzó a 27%, que sería 40% en 2030.
En este período, las economías emergentes crecieron 3 y 4 veces por encima de las avanzadas y el eje del sistema se trasladó, en un mismo movimiento, de EE.UU./UE a China/Asia. Hay una congruencia profunda en el capitalismo entre la tasa de crecimiento del producto, la expansión del comercio internacional y el despliegue espacial. Revela que es un mecanismo único, de alcance global, que se expande endógenamente a través de sucesivas revoluciones tecnológicas que transforman el conjunto del sistema.
En su eje está ahora China y también Brasil.

martes, 9 de octubre de 2012

Malas noticias para las universidades latinoamericanas

Por Andrés Oppenheimer | LA NACION
MIAMI.- Mientras la atención de América latina se concentraba en las elecciones de Venezuela, pocos repararon en una noticia que debería haber producido alarma: un nuevo ranking de las mejores universidades del mundo revela una ausencia casi total de instituciones latinoamericanas.
El Times Higher Education World University Ranking, que consigna las 400 mejores universidades del mundo y que fue dado a conocer en Londres el 3 de octubre, revela que, pese al hecho de que Brasil es la sexta economía del mundo y México la decimocuarta, no hay una sola universidad latinoamericana entre las 100 mejores y hay apenas cuatro entre las 400 mejores.
La universidad de la región que ocupa la mejor posición es la Universidad de San Pablo, Brasil, situada en el puesto número 158. La Universidad Estatal de Campiñas, Brasil, está en el grupo genérico en el que se amontonan las universidades que van del puesto 251 al 275, mientras que la Universidad de Los Andes, Colombia, y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), están en el grupo que va del puesto 351 al 400. No hay ninguna universidad de la Argentina, Chile, Perú, ni Venezuela entre las 400 mejores del mundo en este ranking. En comparación, hay 22 universidades asiáticas entre las 200 mejores, y 56 instituciones asiáticas entre las mejores 400.
El ranking sigue encabezado por universidades de Estados Unidos -el Instituto de Tecnología de California es la número uno del mundo, y siete de las primeras diez son universidades estadounidenses-, pero las instituciones asiáticas están ascendiendo. Varias instituciones chinas, japonesas y surcoreanas ascienden, mientras que 51 universidades estadounidenses perdieron terreno en relación con el año pasado.
Otros dos respetados rankings internacionales revelan resultados igualmente deprimentes para las universidades latinoamericanas. Ni el QS World University Ranking de Londres ni el de la Universidad Jiao Tong de Shanghai, China, incluyen a alguna universidad latinoamericana entre las primeras 100 del mundo.
Phil Baty, editor del ranking de Educación Superior del Times, me dijo en una entrevista telefónica que el motivo por el que hay tan pocas universidades latinoamericanas en los rankings es, entre otras cosas, porque los países latinoamericanos ofrecen poco apoyo económico a sus universidades, y estas últimas no hacen suficiente investigación. Con pocas excepciones, como la ayuda financiera que otorga el estado de San Pablo a sus universidades, casi todas las instituciones latinoamericanas reciben escasos fondos. Mientras Estados Unidos y Corea del Sur invierten el 2,6% de su PBI en la educación superior; Chile invierte el 2,5%, y México y la Argentina, el 1,4%, dice Baty.
"Las universidades de primera línea cuestan dinero -señaló-. Y en América latina vemos una concentración de recursos en universidades que tienen un enorme número de estudiantes y requieren mucho gasto en infraestructura, lo que les hace difícil invertir en investigación."
Muchos gobiernos latinoamericanos objetan estos rankings, alegando que la docena de indicadores que emplean -que incluyen encuestas de profesores universitarios de todo el mundo y publicaciones académicas reconocidas- tienden a favorecer a los países anglohablantes.
Varios países latinoamericanos están trabajando en un proyecto apoyado por la Unesco con el propósito de poder producir un nuevo ranking que sólo incluya a universidades latinoamericanas. Pero, según Baty, la encuesta mundial que sirve como uno de los 13 indicadores del ranking del Times está geográficamente equilibrada e incluye a muchos académicos latinoamericanos y españoles.
Mi opinión: estoy de acuerdo. La tendencia de muchos gobiernos latinoamericanos a desestimar a los principales rankings mundiales de universidades y el proyecto de producir un ranking regional hecho a medida de las universidades latinoamericanas son recetas para la autocomplacencia, la parálisis y el atraso. En vez de ser desestimados, los rankings de las mejores universidades del mundo deberían ocupar las primeras planas en América latina, aunque no sea más que para recordarnos que los países asiáticos están escalando posiciones en la economía del conocimiento, y muchos de nuestros países se están quedando cada vez más atrás.