viernes, 27 de enero de 2017

Trump desafía la legitimidad histórica de Occidente

El programa expuesto por Trump en su discurso inaugural y ratificado en parte con la firma de sus primeros decretos discute la legitimidad que, a partir de 1945, se fue estableciendo en Occidente. La praxis de estos principios brotó de una realidad en ruinas y atravesó la prueba de la Guerra Fría y de una antagónica división del mundo.
Sobre dos pilares se asentó esta legitimidad: hacia adentro de las naciones, la democracia con un repertorio de derechos civiles, políticos y sociales cada vez más amplio; hacia afuera, esta legitimidad interna se expandía bajo supremacía estadounidense hacia una alianza defensiva -la Organización del Tratado del Atlántico Norte- que incluía el proyecto de la integración europea, inspirado en el ideal kantiano de la paz perpetua entre las naciones. Nunca más la guerra, proclamó Europa: en términos generales, esta consigna se cumplió durante más de medio siglo.
Tras este propósito hubo países ajenos (América latina, en particular Argentina, fue testigo interesado y sufrió el proteccionismo europeo), potencias derrotadas -la Unión Soviética después de la caída del Muro de Berlín- y nuevos actores que muy pronto fueron protagonistas del sistema internacional (el caso más obvio es el de China). Ante el vertiginoso desarrollo de acontecimientos recientes, este cuadro parece cosa del pasado.
Estos impactos conmueven a muchos espectadores de la actualidad, sobre todo a los pertenecientes a la vertiente liberal, progresista o conservadora. El Financial Times habla del "inicio de una nueva era para Occidente"; Timothy Garton Ash, de los "años peligrosos y turbulentos" que nos esperan; J. I. Torreblanca del "suicidio anglosajón" al conjuro del Brexit y de Trump; Robert Paxton del ascenso de un "protofascismo", mientras Paul Krugman reclama "cuestionar la legitimidad" del nuevo presidente.
De estos juicios pesimistas se deriva una lección: poner en pie una legitimidad histórica, con vocación de durar, requiere tiempo, paciencia y el ejercicio de una moral cívica comprometida con esos valores y atenta a las consecuencias de las decisiones; demoler dicho empeño mediante actos súbitos e inesperados demanda, en cambio, mucho menos tiempo. Es el contraste entre el espíritu constructivo guiado por la responsabilidad y el espíritu de aventura guiado por la audacia.
No quedan dudas de que, en estos días, estamos invadidos por la audacia y tampoco caben mayores vacilaciones acerca de la vertiginosa transformación que impulsa una revolución global y tecnológica. Esta última -como ocurrió muchas veces en la historia- tiene ganadores y perdedores que arrojan al debate público el sentimiento de padecer una economía partera de más desigualdad.
Aunque dicho sentimiento no se ajuste a un enfoque equilibrado del acontecer mundial, lo cierto es que en Asia la globalización es vista como progreso, y en Occidente, para no pocos sectores, como declinación. Según esta perspectiva y en línea con las crisis de los años 30 del último siglo, las dudas sobre la legitimidad son ante todo tributarias de una perturbación de carácter económico y social.
Este telón de fondo está pues a la vista. No es, sin embargo, el único componente a tomar en cuenta. Los cuestionamientos sobre la legitimidad de las instituciones y del orden político tienen también como referentes los métodos electorales que se adoptan y las reglas de sucesión para elegir a los gobernantes
¿Habría hoy una menor percepción de la crisis europea si David Cameron no hubiese convocado a un referéndum que partió en dos la opinión del Reino Unido e hizo temblar a Europa? ¿Hubiese podido Donald Trump alzarse con la presidencia de no mediar en los Estados Unidos un sistema electoral contramayoritario, de voto indirecto, que penalizó a Hillary Clinton, ganadora indiscutible en las urnas con una diferencia de casi tres millones de votos?
Dirán algunos que se trata de un sistema que goza de la presunción de una legitimidad tradicional, única tal vez en el universo republicano (lo crearon los padres fundadores de la Constitución de los Estados Unidos en 1787); pero cuando sobre ese sistema se yergue la ambición de un líder que dice obrar en nombre del pueblo, en contra de lo que él denomina "el poder de Washington", lo menos que nos viene en mente, recordando el llamado a Houston de un astronauta norteamericano en momentos de extrema tensión, es que "tenemos un problema".
El problema no proviene tanto de la situación en que se encuentra Trump (al fin de cuentas, de acuerdo con las reglas vigentes, ganó), sino de la interpretación desmesurada de la palabra pueblo. Objetivamente Trump es un presidente minoritario; subjetivamente, en cambio, Trump hace caso omiso de este hecho y genera, según expresión de su vocero, el "hecho alternativo" que lo lleva a encarnar a "todo" el pueblo norteamericano.
Error garrafal -harto conocido entre nosotros- al cual se suma la intención de comunicarse con esa entidad figurada del pueblo sin ninguna clase de intermediarios, valiéndose del mensaje directo emanado de la inédita adquisición del Twitter que, de paso, condena a los "deshonestos" medios de comunicación. Esta mezcla entre los novedosos instrumentos de la revolución tecnológica con la antigua pasión de forjar un "príncipe nuevo" sobre presuntos privilegios es el cimiento de un régimen de democracia hegemónica, según un concepto que venimos exponiendo desde hace diez años.
A este fenómeno, típico de las democracias latinoamericanas, se le opone el concepto de democracia republicana. En nuestro país esta oposición aún no está resuelta. Por su parte, luego de la larga formación de la legitimidad republicana en los Estados Unidos, asombra que este contrapunto aflore y se irradie por el planeta, para satisfacción de otras democracias hegemónicas como la de Vladimir Putin en Rusia.
Cabría inquirir no obstante si este dilema no resuelto podrá prosperar en la nación que, hace más de doscientos años, dio a luz a la teoría política de El Federalista: una teoría atenta a la fragilidad de la naturaleza humana que, más que pensada para promover el bien, se la tradujo constitucionalmente para prevenir el mal; para impedir, al cabo, que el poder se extralimite y conculque los derechos y libertades de la ciudadanía y del pueblo entero. Lo que entrevió Mariano Moreno en 1810: "...el pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien; él debe aspirar a que nunca puedan obrar mal; que sus pasiones tengan un dique más firme que el de su propia virtud".
Se verá entonces qué pasará en los Estados Unidos en este inédito escenario en que chocan república y hegemonía. ¿Tendrá el orden político norteamericano, con su complejo régimen de pesos y contrapesos, la energía para impedir esta descontrolada arremetida de la ambición? ¿Tendrá la ciudadanía norteamericana la capacidad para vigilar y contrarrestar la arbitrariedad del Ejecutivo? ¿Tendrá el Partido Republicano, mayoritario en ambas cámaras, la inteligencia para no sacrificar su visión de una economía abierta y desechar los cantos de sirena del proteccionismo?
Interrogantes abiertos que se complican ante otra evidencia histórica: cuando mira hacia dentro de sus fronteras, la democracia norteamericana es republicana; cuando, al contrario, mira hacia fuera puede ser guerrera e imperial. Veremos entonces cuál de estos criterios habrá de prevalecer en este mundo de legitimidades en disputa.

Natalio Botana

martes, 17 de enero de 2017

El presidente chino se presenta en el Foro de Davos como el líder de la globalización

Davos (Suiza) 17 ENE 2017. En un discurso que en cualquier otra época hubiera podido compartir casi cualquier presidente de Estados Unidos y en claro contraste con los postulados que defiende el presidente electo Donald Trump, Xi Jinping ha hecho de su estreno en el Foro de Davos la plataforma desde la que erigirse en el líder mundial de la globalización y el libre comercio. Xi advirtió que “nadie sale vencedor de una guerra comercial” y descartó que su país vaya a emprender una guerra de divisas, ahora que el nuevo equipo de Trump empieza a quejarse de la fortaleza del dólar.
Nadie parece defender en estos momentos de descontento social y resaca de la crisis financiera la globalización con tanto entusiasmo como el presidente chino y a ello dedicó buena parte de su discurso inaugural de la edición 2017 del Foro Económico Mundial (WEF, en sus siglas en inglés). “Muchos de los problemas que ahora tiene la economía global no proceden de la globalización”, apuntó Xi en su discurso, para el que contó con ayuda del teleprompter. “La crisis financiera no fue resultado de la globalización sino de la falta de regulación adecuada y la búsqueda de beneficios a toda costa”, recalcó. El líder chino desgranó en su intervención los beneficios aportados por la globalización aunque reconoció que es un “arma de doble filo” que ha agravado la brecha entre ricos y pobres, entre el norte y el sur. “Los chinos suelen decir que los dátiles crecen en arbustos espinosos. Nada es perfecto”, afirmó Xi.
El primer presidente chino en acudir a Davos defendió un nuevo modelo de crecimiento inclusivo, con la innovación como principal motor, e incidió en la necesidad de adoptar un enfoque coordinado entre los países. “Hemos de promover la liberalización del comercio y la inversión diciendo no al proteccionismo. Porque nadie saldrá vencedor de una guerra comercial”, advirtió Xi en clara alusión a los mensajes proteccionistas que ha lanzado el presidente electo Trump. “Nos guste o no, la economía global es el gran arbusto del que no podemos escapar. Cada uno debe elegir el mejor camino y el ritmo que se adapte a sus necesidades”, insistió.
“Apostaremos por una red de acuerdos comerciales libres y abiertos”, apuntó, en clara referencia al Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) aprobado por la saliente Administración de Barack Obama –aunque aún no ratificado por el Congreso—y con el que EE UU pretendía aislar comercialmente a China. Y aunque lo mencionó de pasada, a nadie en la sala se le escapó su compromiso a “no vamos a lanzar una guerra de divisas”.
Horas antes, el único delegado no oficial de la Administración de Trump desplazado al WEF, Anthony Scaramucci, asesor económico de Trump durante la campaña que le acompañará a la Casa Blanca, advirtió en una intervención que las autoridades estadounidenses deben “tener cuidado” con la fortaleza del dólar, después de que Trump considerara que la moneda es en estos momentos “demasiado fuerte”. El renminbi se depreció el año pasado casi un 7% frente al dólar, como consecuencia de una salida masiva de capitales extranjeros del país.
Xi volvió a recuperar el papel de líder de los países emergentes y reclamó un mayor peso de las economías en desarrollo en los foros de gobernanza global y recabó los mayores aplausos de la sala cuando defendió la vigencia del acuerdo de París contra el cambio climático y la necesidad de implementarlo.

Nadie quería perderse el discurso de Xi en el Foro Económico Mundial (WEF, en sus siglas en inglés). Ni el aun vicepresidente de EE UU, Joe Biden, ni el número dos del Fondo Monetario Internacional (FMI), David Lipton, ni los centenares de ejecutivos, economistas y periodistas que abarrotaban la sala principal del Centro de Congresos como en pocas ocasiones. El líder chino era perfectamente consciente de la clase de público que acude a estos encuentros y lanzó su propio anzuelo. “En los próximos ocho años, China importará productos y servicios por ocho billones de dólares, aprobará proyectos de inversión extranjera por 650.000 millones e invertirá 750.000 millones en el exterior. Además, 700 millones de turistas viajarán al extranjero”. “China mantendrá las puertas abiertas a la inversión, no las cerraremos. Esperemos que también lo hagan los demás”, concluyó.

domingo, 11 de diciembre de 2016

2016. La copa medio llena para el brindis económico del finde año que se acerca

En 2004, tres años antes de fallecer, el filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard pidió, en un texto, prestar atención a las miserias de los países en vías de desarrollo, porque allí había un oráculo anticipatorio de lo que ocurriría tarde o temprano con las potencias de Occidente. Las palabras del intelectual experto en el análisis de la posmodernidad hoy parecen proféticas en la era Trump, con una grieta social intensa y un destrato a los medios, entre otros detalles, que suenan conocidos como fenómeno para la historia argentina reciente. Esta semana, la revista Slate tituló que el Saturday Night Live, uno de los programas humorísticos más famosos de la TV de Estados Unidos, "está básicamente recitando hechos de la administración Trump". Porque la realidad supera a la ficción, aun para los gags cómicos.
Con el motivo de presentar dos instalaciones en el Centro Cultural Kirchner, el legendario músico y productor Brian Eno pasó por Buenos Aires, en lo que fue su primera visita a la Argentina. Eno, al igual que Baudrillard, tuvo una intuición futurista acertada años atrás. En 2012 publicó uno de los 125 ensayos del libro ¿Qué lo va a cambiar todo?, compilado por John Brockman, el editor del medio edge.com. La mayoría de las respuestas, escritas por autores de la talla de Ian McEwan, Nassim Taleb, Steven Pinker o Ricahrd Dawkins, venía por el lado de la inteligencia artificial, la biología sintética, la física o la astronomía.
Eno, que en el pasado produjo discos de U2, Talking Heads y Coldplay, entre otros, fue por otro lado. Su respuesta a ¿Qué lo va a cambiar todo? fue "la sensación de que las cosas empeorarán". "Lo que lo cambiará todo no es un pensamiento, sino un sentimiento", arriesgó el músico y productor.
Para Eno, "el desarrollo de la humanidad hasta ahora fue motorizado por la idea de que las cosas, con una probabilidad alta, serán mejores en el futuro. El mundo era rico en relación a su población, había nuevas tierras por conquistar, nuevos pensamientos para descubrir y nuevos recursos para aprovechar. Las grandes migraciones de la historia se concretaron a partir de la proyección de que existía un mejor lugar. ¿Pero qué pasaría si este sentimiento cambia?" Si este sentimiento se impusiera, especula el compositor, la población se fragmentaría en unidades más pequeñas y egoístas (¿Brexit previsto seis años atrás?). Las grandes instituciones, que operan con proyectos a escala de décadas y largo plazo, y requieren basamentos sociales de confianza, perderían sentido. Las iniciativas a más de cinco años se abandonarían: el repago se vuelve demasiado remoto.
Esta sensación sombría es la imperante en el último trimestre a partir del triunfo de Trump, el Brexit, el avance de las derechas nacionalistas en otros países, etcétera. En la Argentina, los análisis de fin de año, con una economía que no arranca, están teñidos de un tono grisáceo. ¿Hay tan pocos motivos para brindar, desde el punto de vista económico?
En un reciente evento sobre Negocios del Futuro organizado por LA NACION, el vicepresidente del BCRA, Lucas Llach, comentaba que "hay un sesgo negativo en las especulaciones sobre el futuro de la economía global, en tanto provienen en general de países que hoy tienen crecimiento bajo -Estados Unidos y Europa- y no de las naciones emergentes que están sumando cientos de millones de habitantes a la clase media mundial, en un proceso que algunos llaman «la gran convergencia»". Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), la tasa de crecimiento de los países emergentes en 2016 fue de un robusto 4,2%. En 15 años, la proporción de la población que vive con menos de US$ 1,90 al día cayó del 37 al 10% en el mundo.
En otro evento de Innovación organizado por LA NACION, el estratega de marcas Diego Luque comentaba que tenía la sensación de que, en términos de avances científicos y tecnológicos, "en este 2016 caben varios años".
Y en efecto es así. Hoy tenemos en nuestro celular más poder computacional que el que la NASA poseía en 1969 para mandar al hombre a la luna. La India envió una nave a Marte por menos plata de lo que a Hollywood le costó filmar la película Gravity. En un año estelar, desarrollos de inteligencia artificial lograron ganarle al campeón humano de go (un hecho pronosticado para 2020), resolver problemas de matemática y biología que llevaban siglos en penumbras, y hasta vaticinar con mayor éxito que cualquier consultora "humana" el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos a partir del "tono" detectado por los sistemas de computación cognitiva en las conversaciones de millones de votantes en las redes sociales.
No es la única tecnología exponencial que parece haber entrado este año en su etapa "vertical" de crecimiento. Semanas atrás se supo que un equipo médico chino utilizó por primera vez en un ser humano una técnica revolucionaria de "edición" genética, que se conoce como Crispr, para remover células cancerígenas en un paciente enfermo y reemplazarlas por unidades sanas creadas en laboratorio. "En biología estamos viendo una dinámica más que exponencial, nos enteramos de «eventos bisagra» cada mes", remarca el economista, emprendedor y ex alumno de Singularity Leonardo Valente.
Un paneo global publicado días atrás por The Atlantic repasa razones para brindar con optimismo. En el hemisferio occidental no hay guerras ni gobiernos militares ni insurgencias mayores. El crimen a nivel mundial está cayendo y los países más pobres están mejor preparados para enfrentar catástrofes. La tasa de muertes por ciclones severos en Bangladesh, que antaño causaban centenares de miles de decesos, cayó un 98% desde que se impulsaron nuevos planes de atención pública en emergencias. Y el mundo, a pesar de una sequía severa en el Cuerno de África, termina 2016 sin una hambruna grave.
Otras "uvas dulces" para cuando den las campanadas del 31 a la medianoche: este año África se declaró libre de polio y Europa, de malaria. Desde 1960 el promedio de expectativa de vida mundial subió 20 años, y no hay signos de que este proceso se detenga. Cuando Marck Zuckerberg vaticinó este año que los chicos de hoy verán en el transcurso de sus vidas descubrimientos para curar, prevenir o tratar exitosamente el 100% de las enfermedades nadie se burló: parece un objetivo con altas chances de cumplirse.
El planeta, según la última encuesta mundial de valores, se está volviendo más tolerante. En 2016 la homosexualidad se volvió legal en Botswana, Belice, Benín, Nauru y las Seychelles. Así como hay tecnologías exponenciales, ciertas tendencias sociales y culturales parecen adoptar una dinámica igual de acelerada: la conciencia medioambiental, la agenda de género o los cambios en las formas de trabajo, entre otros casos. El vaso (o la copa de champagne) medio lleno, en un ejercicio de "reencuadre" (reframing), el término clave, para apreciar una realidad más luminosa.

Sebastián Campanario

sábado, 12 de noviembre de 2016

El triunfo del hombre hueco

Y finalmente, contra la mayoría de los pronósticos, la "política de la ira", de la que se habló la semana pasada en esta columna, se impuso en las elecciones norteamericanas. Como lo interpretó el periodismo, fue la rebelión de las clases media y trabajadora disgustadas con el establishment, que las marginó del bienestar y la esperanza en el futuro. Avala esta descripción un dato clave: a pesar de los millones de puestos de trabajo creados durante la administración Obama, el ingreso medio de las familias americanas permanece estancado desde principios de siglo. Creció el PBI, pero ese incremento no se derramó sobre la mayoría. La incertidumbre material y el miedo a empeorar la inclinaron por un outsider, desechando su falta de antecedentes y las reservas sobre su moralidad. Pero más allá de la angustia económica de los norteamericanos y de las alternativas de la campaña -Clinton no fue una buena candidata-, el triunfo de Trump es el síntoma de una mutación más profunda, que anuncia una nueva época de la historia mundial.
Sin agotar el tema, podría argumentarse que al menos tres factores convergen en este cambio, cuya rostro trágico es la desigualdad. Ellos son: la desnaturalización del sistema democrático, la globalización económica y el efecto de la revolución tecnológica sobre el empleo. La pérdida de sustancia democrática no es un fenómeno nuevo. Consiste en la transformación de las democracias en plutocracias, es decir, en gobiernos conformados por élites que concentran el poder y deciden sobre el destino de los ciudadanos, devenidos súbditos de una dominación invisible.
Las transacciones entre las aristocracias definen las políticas públicas, debilitan los controles republicanos, reparten las oportunidades entre pocos, facilitan la corrupción. El retrato de las élites norteamericanas trazado por Wright Mills a mediados del siglo pasado resulta ejemplar de estos fenómenos. Y más cerca, Democracia S.A., de Sheldon Wolin, los muestra en toda su crudeza contemporánea. Hillary Clinton, tal vez a su pesar, terminó representando a esa democracia desencantada, que tampoco pudo transformar Obama.
El balance de la globalización arroja más pérdidas que ganancias, considerando los ingresos de las familias, que en buena medida explican las razones del voto. La globalización está impulsando la inequidad no tanto entre las naciones, sino entre los trabajadores al interior de ellas, con incidencia particular en los países ricos como Estados Unidos y Gran Bretaña. El economista Branko Milanovic explica que la especialización en exportaciones sofisticadas aumenta la brecha entre los salarios de los trabajadores calificados y los no calificados. Y las importaciones con poco valor agregado, junto a la tercerización, también reducen los sueldos o aumentan el desempleo de los asalariados con menos preparación. En procesos como éstos deben encontrarse parte de las razones de Trump y sus votantes. Para esta gente, abrirse al mundo significa perder, no ganar e integrarse.
La revolución tecnológica es la frutilla del postre. A principios de este año, un informe del World Economic Forum (WEF) estimó que debido a los avances en la genética, la digitalización, la inteligencia artificial y la impresión en 3D, se perderán a corto plazo 5 millones de puestos de trabajo. Este proceso, al que el WEF llama "cuarta revolución industrial", llevó al economista principal del Banco de Inglaterra, Andy Haldane, a advertir que habrá "grandes perturbaciones no solamente en los modelos empresariales, sino también en el mercado laboral durante los próximos cinco años". La cuestión es alarmante porque según Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, la evolución tecnológica ha tomado velocidad exponencial en la etapa actual, que ellos bautizaron, con gran suceso, como "La segunda era de las máquinas". Las capas medias y bajas de la población, con educación insuficiente para adaptarse a la transformación, temen ser reemplazadas por robots. En el imaginario popular, Trump las defenderá de ellos.
Hasta aquí las razones que podrían explicar el ascenso del magnate neoyorquino. Pero él también significa otra cosa: la pérdida de estilo, el abandono de una ética y una estética asociada -acaso idealmente- a la democracia liberal y al capitalismo productivo. Para los intelectuales tributarios de esa tradición, los liberals, Trump implica una tragedia, como lo expresó con frustración un editorial de The New Yorker esta semana. El editor, sin piedad, llama al presidente electo "un hombre hueco" (a hollow man), codicioso, mendaz y fanático. Es paradójico: recurre a la misma expresión usada por T. S. Eliot para titular su célebre poema, que es una metáfora del hombre contemporáneo: "Somos los hombres huecos/ Los hombres rellenos de aserrín/ Que se apoyan unos contra otros/ Con las cabezas llenas de paja".

Tal vez no haya que dramatizar. La burocracia norteamericana racionalizará los excesos de Trump, sin reparar en si se expresa a sí mismo o representa al hombre actual. Mientras tanto, los progresistas, en lugar de gemir, podrían preguntarse qué hicieron para evitar que llegara a la cima. Las principales razones de su éxito tienen que ver con la injusticia.
Walter Fidanza


viernes, 4 de noviembre de 2016

Nuevo acuerdo global sobre el cambio climático

Entró en vigor el mayor acuerdo global contra el cambio climático
Hoy (4/11/2016) es un día histórico para el planeta Tierra, ya que el tan esperado y dilatado Acuerdo de París, el instrumento para combatir el cambio climático a nivel global, entró en vigor.
Para su efectividad era necesaria la ratificación del mismo por parte de al menos 55 países representantes del 55 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.
Y esa meta se alcanzó el pasado 5 de octubre, cuando la Unión Europea (UE), que representa el 12 % de las emisiones, hizo entrega de los documentos de ratificación del Acuerdo en la sede de la ONU. Hasta ese momento, los 61 países que ya lo habían ratificado sumaban sólo el 47,7 % de las emanaciones globales, lo que impedía poner en marcha el instrumento legal.
A fin del año pasado, este acuerdo fue adoptado en la capital francesa por los 195 países signatarios de la Convención Marco de la ONU sobre cambio climático y la Unión Europea, en el transcurso de la 21 Conferencia de las Partes (COP21).
La importancia que reviste es que está destinado a sustituir en 2020 al Protocolo de Kioto y tiene como objetivo "mantener la temperatura media mundial por debajo de dos grados centígrados respecto a los niveles preindustriales".
No obstante, el texto recoge que los países se comprometen a llevar a cabo todos los esfuerzos necesarios para que no se rebasen los 1,5 grados y evitar así los impactos más catastróficos del cambio climático.

Fecha inolvidable
"La humanidad recordará este 4 de noviembre de 2016 como el día en que los países levantaron una barrera ante los inevitables desastres del cambio climático, y como el día en que comenzaron con determinación a caminar hacia un futuro sostenible", aseguró la nueva Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (Cmnucc).
"Sin duda, el acuerdo es un punto de inflexión en la historia de los esfuerzos colectivos de la humanidad, puesto que aúna la determinación política, económica y social de gobiernos, ciudades, regiones, ciudadanos, empresas e inversionistas para superar la amenaza existencial que plantea un cambio climático sin control", destacó la funcionaria, que subrayó que la rápida entrada en vigor del acuerdo es una señal política clara del compromiso de todas las naciones del mundo para actuar con decisión frente al cambio climático.
Nicholas Nuttall, encargado de comunicaciones de la Secretaría de Naciones Unidas para el Cambio Climático, explicó a LA NACION que la nueva conferencia de la ONU sobre cambio climático que se abre la semana que viene en Marrakech necesita rellenar urgentemente los detalles sobre cómo funcionará el Acuerdo de París en la realidad, además de muchas otras facetas importantes para que cumplan las naciones sus objetivos.
"El Acuerdo de París es un tratado extraordinario y señala claramente el camino hacia lo que hay que hacer y cuándo. Sin embargo, será un esfuerzo de muchas décadas de mejora constante y de ambición de los gobiernos de todo el mundo. El tiempo se está acelerando y las emisiones de gases de efecto invernadero en el planeta necesitan alcanzar un pico muy rápido y reducirse drásticamente", apuntó Nuttall consultado por correo electrónico.

Objetivos pasados
El Protocolo de Kioto de 1997 estableció objetivos de emisiones solo para países desarrollados, una de las razones por las que EE.UU. decidió no participar en ese pacto, que está en vigor desde 2005.
El Acuerdo de París es legalmente vinculante en su conjunto, no lo es sin embargo en buena parte de su desarrollo (las llamadas decisiones) y tampoco lo es en los objetivos nacionales de reducción de emisiones.
Su fuerza reside en el mecanismo con el que periódicamente deben revisarse los compromisos de cada país y esto sí es jurídicamente vinculante.
"Los gobiernos no se demoraron para que entre en vigencia, y eso es una buena noticia. Pero por esto y por el desafío de los compromisos de reducción de gases de efecto invernadero que pueden y deben seguir siendo más ambiciosos en cuanto a sus recortes, es que necesitamos las reglas claras de este acuerdo para que todo funcione correctamente", puntualizó Nuttall.
Cada nación está obligada a rendir cuentas de su cumplimiento, y a renovar sus contribuciones al alza cada cinco años. Los estados que quieran, pueden usar mecanismos de mercado (compraventa de emisiones) para cumplir los objetivos de emisión. La primera revisión de las contribuciones tendrá lugar en 2018 y la primera actualización de las mismas en 2020.
Si bien el Acuerdo no establece sanciones por incumplimiento, sí fija un comité que diseñe un mecanismo transparente para garantizar que se cumplen los compromisos adquiridos y advertir antes de expirar los plazos si puede o no cumplirse lo acordado.

Equilibrio buscado
Además, con este acuerdo los países se comprometen a conseguir "un equilibrio entre los gases emitidos y los que pueden ser absorbidos" en la segunda mitad de siglo, es decir, que no se pueden producir más emisiones que las que el planeta pueda absorber, bien por mecanismos naturales o por técnicas de captura o almacenamiento geológico.
En cuanto a la financiación, el nuevo Acuerdo de París obliga a los países desarrollados a contribuir a financiar la mitigación y la adaptación en los Estados en vías de desarrollo, y anima a los estados que se encuentren en condiciones económicas de contribuir a que efectúen aportaciones voluntariamente. En este sentido, la intención de financiar debe ser comunicada dos años antes de transferir los fondos.
Según el Acuerdo, el compromiso radica en lograr que para 2025 se movilicen 100.000 millones de dólares anuales, aunque se fija una revisión al alza para antes de ese año.

Estados Unidos y China, los países más contaminantes del mundo, buscan "liderar" la lucha contra el cambio climático, por ello, ambos estados se han fijado ya metas para recortar emisiones. EE.UU. entre un 26 % y un 28 % respecto a los niveles de 2005 y China ha prometido impedir el crecimiento de sus emisiones a partir de 2030.

lunes, 19 de septiembre de 2016

La trampa del desarrollo argentino

Si queremos crecer sin afectar las metas de inclusión, empleo de calidad y federalismo, tenemos que encontrar algo para venderle al mundo más allá de granos y autos a Brasil.
Por Eduardo Levy Yeyati

Crecimiento inclusivo y federal, aumento de productividad, empleo de calidad bien remunerado son todas buenas consignas. Pero al bajar esa estrategia a la práctica notamos que estos objetivos no siempre van de la mano.
Aumentar la productividad implica producir más con menos recursos, incluyendo menos empleo. Federalizar implica mejorar la conectividad y favorecer actividades diseminadas, priorizando la geografía por sobre las ventajas competitivas.
Por otro lado, crecimiento no siempre implica inclusión: la Argentina es un país rico en recursos naturales donde varios de los sectores con mayor potencial de crecimiento, desde el campo a las energías renovables, generan poco empleo. Y la inclusión exige aceptar y trabajar con la fuerza laboral que tenemos.
Si la meta a futuro es crear empleo de calidad con salarios altos (¿quién se opondría a esto?), hoy nuestros trabajadores son mayoritariamente de calificación media y baja (sólo como referencia, apenas el 16% tiene terciario completo) y la calidad educativa de los últimos años sugiere que los nuevos trabajadores no elevarán mucho el promedio actual. Es natural entonces que tengamos un déficit de ingenieros y un superávit de albañiles.
Por eso, si bien la demanda de trabajo calificado es crucial para agregar valor e incentivar la educación, difícilmente resuelva en lo inmediato el problema del empleo y del ingreso, porque la mayor parte del desempleo en la Argentina es trabajo no calificado.
Muchas veces tenemos la tentación de reconciliar estas tensiones entre el futuro deseado y el presente heredado recurriendo a modelos externos. Este "desarrollo por analogía" presume que lo que falló fueron nuestras políticas: si otros partieron de condiciones similares y tuvieron éxito, basta con imitarlos.
Pero la Argentina es el caso paradigmático de la "trampa del ingreso medio" -un trastorno definido, un poco circularmente, como el estancamiento de los países de ingresos medios en su camino al desarrollo. El dato a tener en cuenta es que, al menos por el momento, no hay precedentes de países medianos que hayan sorteado esta trampa sin ayuda externa.
Un trabajo reciente del Banco Mundial lista las economías que pasaron de ingresos medios, en 1960, a ingresos altos en 2010: tres islas industriales (Taiwán, Hong Kong y Singapur), una isla turística (Mauricio), un país desarrollado transitoriamente empobrecido por la guerra (Japón), las economías de la crisis europea (España, Grecia, Irlanda, Portugal) y Corea.
El caso de Corea, en apariencia el más cercano, muestra los límites del desarrollo por analogía: su industrialización temprana comienza en la posguerra bajo una dictadura, con bajos niveles de ingreso y condiciones laborales que en la Argentina ya eran inaceptables a fines de los años 40. Corea eludió la trampa del ingreso medio con el envión de un crecimiento acelerado desde muy abajo, que precedió a las demandas sociales de un país de clase media. Pero cuando estas demandas preceden al desarrollo, el atajo coreano deja de ser viable y los países se quedan "a medio camino" (como resumen Alejandro Foxley y Fernando Henrique Cardoso los casos de Brasil y Chile, que hoy enfrentan el mismo problema).
Pensar nuestro déficit de desarrollo de este modo también pone en duda el popular atajo australiano: invirtiendo el argumento, podríamos decir que Australia eludió la trampa del ingreso medio porque partió de ingresos altos. (Por si esto no fuera suficiente, en sus trabajos Pablo Gerchunoff aporta otros aspectos diferenciadores: recursos naturales por habitante más generosos que los nuestros, un nivel de educación históricamente más elevado, cercanía a los grandes mercados asiáticos en crecimiento y un financiamiento externo "garantizado" por el Commonwealth y la Guerra Fría que explica décadas de déficit externo sin crisis.)
Pensar nuestro desarrollo frustrado en estos términos modifica diametralmente el diagnóstico y la terapia. No fueron (sólo) las malas políticas ni fuimos (sólo) nosotros: las políticas, malas o no, reflejan las demandas de los votantes. Acá y en el resto de los muchos países atrapados en esta escala intermedia.
Y, dado que no hay precedentes exitosos, no hay modelos a imitar.
El objetivo modesto de crecer entre 3% y 4% en los próximos 15 años es un desafío si partimos de que la Argentina creció en promedio 2,7% en los últimos 15 años y 2,3% desde 1983. Si queremos crecer de manera sostenida sin contraponer las metas de inclusión, aumento de productividad, empleo de calidad y federalismo, tenemos que encontrar algo para vender al mundo más allá de granos y autos a Brasil. En este frente, dos ejemplos de encadenamientos productivos señalan el camino.
Foxley, en su libro de 2012 sobre la trampa de ingresos medios, rescata a Finlandia como ejemplo de fuga hacia adelante. Finlandia es también el ejemplo preferido de Ricardo Hausmann para ilustrar el proceso de encadenamiento de materias primas a industrias de alto valor: Finlandia pasó de talar bosques a diseñar cortadoras; de ahí, a diseñar maquinarias de precisión, y de ahí, a diseñar Nokia. Un encadenamiento lateral no muy distinto del que, más cerca de casa, fue de la soja a la maquinaria agrícola.
A este "modelo Nokia" podríamos sumarle un "modelo Malbec" siguiendo el ejemplo de nuestros vinos (que a su vez siguieron el ejemplo del Cabernet de Napa Valley o el Syrah australiano). De la uva a granel al vino, del vino al varietal local, del varietal local a la marca global. En la misma línea, tanto la certificación de alimentos orgánicos como la comercialización de las bondades bioeconómicas de la siembra directa (en granos y en máquinas) son modos inteligentes de "industrializar" nuestros recursos naturales y contribuir al supermercado premium del mundo desarrollado.
Lo mismo aplica a nuestras industrias culturales o educativas. O al turismo receptivo, esa mina de oro que, aún inexplotada, ya exporta US$ 5 mil millones. LGBT, medicinal, de adultos mayores, ecológico y de aventura, el turismo es la industria ideal para resolver el descalce entre oferta y demanda de empleo, porque satisface tres condiciones clave para la inclusión: demanda mano de obra de poca calificación, baja especificidad y, si abaratamos el transporte, regionalmente equilibrada.

Venderles Malbec a los chinos, alimentos orgánicos, a los norteamericanos o turismo aventura, a los alemanes es un buen comienzo para encontrarle la vuelta a la trampa de ingresos medios en la que estamos varadas hace casi un siglo. Una cosa es segura: si logramos salir, no será con un modelo genérico sino con una receta propia.

Un alentador paso para atraer inversiones

El reciente Foro de Inversiones y Negocios demostró que la Argentina está produciendo un cambio positivo en sus relaciones con el mundo.
Editorial de La Nación. SÁBADO 17 DE SEPTIEMBRE DE 2016

Con una muy buena organización y convocatoria, el gobierno de Mauricio Macri logró transmitir durante el reciente Foro de Inversiones y Negocios una genuina voluntad de perfeccionar el marco institucional, económico y financiero para atraer inversiones a la Argentina. Más de 1900 empresarios y decisores de 67 países escucharon directamente de boca del Presidente ese compromiso. Además, ministros y otros funcionarios expusieron sus programas y políticas, y estuvieron a disposición de consultas. Existió un amplio consenso entre los asistentes del exterior en valorar el hecho de que la Argentina ha producido un cambio positivo en su calidad institucional y en sus relaciones con el mundo.
Hubo durante el Foro varios anuncios de inversiones, aunque provinieron mayormente de empresas que ya tienen actividad en nuestro país o que participan en proyectos que habían sido estudiados antes de este encuentro. Cabe esperar, sin embargo, que la información y la impresión recogidas por los empresarios asistentes se traduzca en emprendimientos productivos concretos en un futuro cercano. Esta posibilidad dependerá de circunstancias que todavía no han sido logradas y que requieren aún cambios más contundentes y sostenidos en el tiempo, sin la amenaza de nuevos giros políticos e ideológicos.
El presidente de Dow Chemical, Andrew Liveris, sostuvo que la primera condición para lograr inversiones desde el exterior es que se permita disponer de sus utilidades libremente. Se entendió claramente que el cepo cambiario y otras restricciones implantadas por el gobierno anterior debieran excluirse de toda imaginación en el futuro. Muchos otros factores surgieron de las exposiciones y de las conversaciones durante el Foro. Paolo Rocca, titular del Grupo Techint, hizo hincapié en el retraso y deterioro en la infraestructura y la necesidad de invertir en ella. Mencionó el déficit de energía y la falta de un transporte eficiente.
Otros empresarios se refirieron al elevado costo laboral ocasionado por las excesivas regulaciones, la alta litigiosidad y el peso de los gravámenes y contribuciones sobre el salario. La cuestión de la competitividad se ligó también con la excesiva presión impositiva actualmente vigente en la Argentina, en particular para los que cumplen con sus obligaciones, supuesto obvio para todo inversor importante. Detrás de la cuestión impositiva se trató reiteradamente el problema del elevado gasto público en la Argentina. Este es tal vez el tema en el que las respuestas y promesas de los funcionarios están sometidas a la prueba de los hechos, ya que en los primeros nueve meses los avances en la reducción del gasto y del déficit fiscal se han visto desafiados por una sostenida resistencia social y política. La palabra ajuste, de uso universal, no es pronunciable en la Argentina. El conocimiento del proyecto de ley de presupuesto para 2017, hecho público luego de finalizado el Foro, pone en evidencia las dificultades para cumplir con la reducción del déficit en la meta previamente anunciada.
El Foro contó con la presencia de gobernadores de distinto signo político y también de legisladores y representantes de la oposición. Esto contribuyó a mostrar un país con un nuevo estilo de convivencia política. Los funcionarios del Gobierno hicieron muy poco uso de la crítica a los errores y desmanejos de las anteriores autoridades como argumento para explicar las dificultades económicas y políticas que debían enfrentar. De hecho, el evento se desarrolló en el Centro Cultural Kirchner sin que este nombre se hubiera antes cambiado, ni que su mención hubiera sido evitada en la documentación del encuentro. Más de un asistente destacó este gesto con sorpresa pero positivamente, al igual que el apoyo de otras fuerzas políticas al evento.
Aunque los resultados materiales concretos del Foro se percibirán con el paso del tiempo, el balance ya ha sido claramente positivo. Debe computarse no sólo la mejora de la imagen del país y las inversiones que se inducen, sino también la utilidad para los funcionarios y políticos locales de haber recibido opiniones y sugerencias de quienes tienen responsabilidades importantes tanto en la Argentina como en el resto del mundo.